Drácula, el auténtico e indiscutible Rey del Terror

El 26 de mayo de 1897, un Bram Stoker en la frontera de los cincuenta años de vida conseguía, tras superar una serie de escollos francamente imprevistos con su editorial de confianza en Reino Unido (Winchester, Archibald Constable and Company), publicar la novela que lo convertiría, casi de forma inmediata, en digno morador del Olimpo de la Literatura Universal: Drácula.

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Primera edición inglesa de Drácula (Archibald Constable and Company, 1897)

A modo de simple curiosidad, cabe mencionar que entre las dificultades con que el autor irlandés se encontró a la hora de ver su mejor obra publicada en tierras británicas destaca el insólito prefacio con que presentaba su manuscrito original. Al comienzo de éste, figuraban unos breves párrafos en que el escritor aseguraba sin sutileza alguna que los hechos narrados en la novela eran por completo verídicos, únicamente habiendo alterado los nombres de los personajes y de las localizaciones para la protección de los protagonistas de su historia. Es de señalar que la reticencia del editor a la hora de mostrar al público la obra en dichas condiciones parece justificada, si consideramos que por aquellos meses estaban teniendo lugar algunos de los asesinatos más emblemáticos de la historia de la Criminología: los de Whitechapel, muchos de ellos protagonizados por el mismísimo Jack el Destripador. El editor de Stoker se manifestaba así razonablemente reacio a avivar el miedo en la ya de por sí aterrorizada sociedad londinense de aquellos últimos estertores del siglo XIX, motivo por el cual efectuó severos y radicales retoques al manuscrito que el novelista le presentara en un principio.

En cualquier caso, lo que es indudable es que aquel final del mes de mayo de 1897 vio la luz una de las novelas más reconocidas y laureadas de la historia de la Literatura Universal, una narración de la que uno de los más geniales autores jamás nacidos como es Oscar Wilde no dudó en describir como “la obra de terror mejor escrita de todos los tiempos”. Y lo cierto es que no exageraba.

Drácula, de Bram Stoker, se convirtió a partir de ese mismo momento en todo un fenómeno de masas, en una obra de gran calado para el siglo que estaba a punto de llegar, con una repercusión que incluso trascendió lo literario, adentrándose en lo social a través de su profunda irrupción en el imaginario colectivo, confiriéndole a la figura del vampiro una importancia y una visibilidad de las que hasta entonces sólo disfrutaba en regiones del centro y del este de Europa.

Las historias de vampiros ya abundaban, como decimos, con anterioridad a la creación del Conde, especialmente en forma de leyendas en el centro y oriente de Europa (aunque también en tierras británicas podemos encontrar el mito de la Dearg-due irlandesa, si bien las creencias sobre estas criaturas de la noche proceden de muy lejos en el tiempo, ya en las culturas de la Antigüedad), de modo que no corresponde atribuirle a Bram Stoker el mérito de construir el concepto de no-muerto. Lo que sí es justo reconocerle al Maestro irlandés es que fue él quien le otorgó el principal papel protagonista al vampiro en el mundo del terror en el venidero siglo XX.

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Cristopher Lee interpretó a Drácula en diez ocasiones entre 1958 y 1976 (fotograma de Drácula, de Terence Fisher para la Hammer, en 1958)

No obstante, no es el objeto del presente texto analizar la figura del no-muerto en el cine y en la literatura a partir de la obra de Stoker, como tampoco lo es la relación de los posibles personajes, reales o ficticios, en que el autor irlandés se inspiró para crear a su Conde (temas ambos, por cierto, sumamente sugerentes). El auténtico interés a la hora de redactar estas líneas no es otro que alabar las excelentes cualidades que hicieron de Drácula, como novela, una de las obras cumbres de la Literatura Universal.

A través de una historia expresada en forma exclusivamente epistolar, mediante la presentación en orden cronológico de diferentes cartas, telegramas y fragmentos de los diarios de algunos de los protagonistas, con la evidente intención de conferirle a la narración de un realismo mucho más palpable y plausible, Bram Stoker describió con gran maestría las aventuras (y desventuras) de un grupo de personajes que, de forma casi fortuita, se cruzan en el camino del Conde Drácula, un noble y antiguo vampiro oriundo de la región de Transilvania cuya principal intención es la de trasladar su residencia a tierras británicas. Para ello, hace llamar al joven Jonathan Harker, ayudante de un prestigioso bufete de abogados inglés, a quien invita a su castillo en Rumanía, donde lo mantiene prisionero con el fin de obligarle a efectuar los necesarios preparativos para su mudanza, configurando de esta manera uno de los pasajes más significativos y recordados de la historia del terror en la literatura.

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Fotograma de la que quizá sea la mejor película sobre la novela de Stoker (Fotograma de Drácula de Bram Stoker, de Francis Ford Coppola, 1992)

El ambiente llamado gótico con que Stoker inunda cada una de las páginas de su novela, muy rica en recursos y estilística de la época romántica, se conjuga a la perfección con el realismo y la credibilidad del formato que escogió para su narración para construir una obra que desde el mismo instante de su publicación adquirió, y con toda justicia, el privilegio de ser considerada emblemática de todo un género. Su claustrofóbica y perturbadora atmósfera de oscuridad e imprevisibilidad, que parece en todo momento augurar la entrada en escena del Conde, así como la pericia manifestada por Bram Stoker a la hora de mantener viva de forma constante la presencia del vampiro en todas las escenas y episodios, incluso a pesar de que éste no figura de forma “física” en la novela en no más de quince páginas de las más de quinientas cincuenta que la constituyen, contribuyen, entre otras muchas cualidades para cuya enumeración ya no queda espacio en el presente documento, a la edificación de la que quizá sea la más perfecta historia de terror jamás ideada.

No es por consiguiente de extrañar que personalidades del mundo de la Literatura Universal tan ilustres como Oscar Wilde o sir Arthur Conan Doyle se deshicieran en elogios hacia la obra del Maestro irlandés. Pues Bram Stoker, y no otro, había concebido al auténtico Rey del Terror.

 

Gerardo Serrano

 

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