Vlad III Draculea, príncipe de Valaquia: esbozo histórico

Estoy convencido, aunque ojalá me equivoque, de que una aplastante mayoría de españoles desconocería la respuesta a la pregunta ¿quién fue Gjergj Kastrioti? Puede que así planteada sea demasiado complicado. Pero incluso si castellanizáramos el nombre, seguiría sin conocerse: Jorge Castriota. La razón es (aparte de porque no todo el mundo tiene que saberlo todo, ni haber estudiado Historia), muy posiblemente, que sobre este personaje no se escribió una novela pionera, definida como gótica (no sé por qué razón, ni qué tuvieron que ver los godos o las bóvedas de crucería), en el crepúsculo del romanticismo y del siglo XIX. Este fue el caso del voivoda valaco Vlad III Draculea, también conocido como Tepes (“empalador”). Por cierto, el tal Jorge Castriota, llamado Skanderbeg por los turcos, es nada más y nada menos que el héroe nacional albanés, lo que para el español estándar sería la mezcla de don Pelayo y el Cid, siendo además contemporáneo (y aliado) de Vlad III.

Pero nuestro objetivo no es hablar de Castriota, sino del otro, de Vlad. Y hablaremos de Vlad, no de Drácula, para diferenciarlo del personaje creado por Bram Stoker. Pues bien, debemos comenzar señalando que Vlad III fue una de las miles de piezas que a lo largo de los siglos han formado parte del tablero de juego político que se ha venido jugando en los Balcanes desde que Trajano conquistara el reino de Dacia allá por el 106 d.C. Dicho lugar ha sido tradicionalmente el hall de entrada a Europa, lo que, por una parte, ha dado lugar a un rico crisol cultural, y por otra, ha añadido un valor geoestratégico incuestionable a la zona. Aunque ambas cuestiones no siempre han de ir (y tradicionalmente no lo han hecho) acompañadas de la paz.

Jorge Castriota, Skanderbeg
Monumento en Skopje, Macedonia, de Jorge Castriota, Skanderbeg, héroe nacional albano de quien nadie escribió una novela pionera

Así pues, cuando se habla de los Balcanes entre los siglos XIV y XVI, hay que entender que se trata de un lugar de frontera, un territorio hostil y cambiante, en el que la guerra, las relaciones diplomáticas y el control del poder son elementos fundamentales a tener en cuenta. Es en este marco en el que hay que situar a un personaje tan complejo como Vlad III (1431-1476). De la casa principesca de Basarab, descendía de la rama Draculesti, enfrentada a la rama Danesti. Esta situación era aprovechada tanto por los monarcas húngaros como por los sultanes otomanos, quienes alzaban y deponían a los príncipes valacos dependiendo de sus intereses políticos y de la inclinación del candidato. Habiendo, además, dos ramas enfrentadas en la familia, la excusa estaba servida. Para resumir, las dos ramas procedían de Radu I, hijo del fundador de la casa principesca, pero la rama Draculesti (así denominada por Vlad II Dracul) descendía de Mircea I el Viejo, mientras que los Danesti procedían de Vladislao Dan I, el otro hijo de Radu I.

En cuanto al Principado de Valaquia, en lo que hoy es Rumanía (territorio asimilable sentimentalmente a lo que Asturias o Gales son para España y Gran Bretaña), es una fértil meseta que se sitúa entre la orilla norte del bajo Danubio y el sur de los Montes Cárpatos. La situación política del siglo XV hacía que el principado lindara al noroeste con el poderoso reino de Hungría, al norte con el principado húngaro de Transilvania, al noreste con el reino de Moldavia y, al sur, con la Sublime Puerta: el Imperio otomano. A lo largo de su vida, Vlad III fue alzado al trono valaco ayudado por todos estos actores (en distintas ocasiones, claro). En esta realidad se aprecia de manera clara la gran complejidad política de la zona en esta época. Y para más inri, deben sumarse a toda esta ecuación, de no sé ya qué grado, dos factores más de suma importancia: la nobleza valaca y transilvana, conocidos como boyardos, y la fuerte burguesía mercantil de las llamadas “siete ciudades sajonas”, destacando Klausenburg (Cluj) y Kronstadt (Brasov). Ambos colectivos acaparaban la mayor parte del peso político (los primeros) y económico (los segundos) de Valaquia.

vlad iii draculea-voivoda
Detalle de retrato anónimo al óleo del príncipe Vlad, siglo XVII

Pues bien, Vlad III sostuvo enconados conflictos con todos y cada uno de estos actores, si bien su pragmatismo político, más presente a lo largo de la historia de lo que solemos pensar, hizo que cuando se enfrentara a unos estableciera treguas o paz con otros. Así, de entre todos estos intervinientes en el juego político de Valaquia, hubo dos que pueden tenerse como los más significativos en la vida de Vlad. El primero, los boyardos, quienes habían conspirado contra Mircea II, sucesor de Vlad II, y hermano de Vlad, al que cegaron con un hierro candente y enterraron vivo. Vlad jamás olvidaría tamaño crimen. El segundo, los otomanos, con quienes, como rehén, Vlad había vivido y combatido, pero que desangraban Valaquia mediante tributos en dinero y muchachos (chicos para el ejército, chicas para los harenes). Por otra parte, los reyes de Hungría deseaban de manera ferviente que los voivodas valacos fueran meros títeres de la corona de san Esteban, mientras que los privilegios de los sajones de las siete ciudades no hacían sino perjudicar, según Vlad, la economía valaca.

Ante una situación así, ¿quién tendría a Vlad en alta estima? No haremos aquí un recorrido por las andanzas de la vida de Vlad III, pero que es cierto que fue un gobernante sumamente duro, que combatió continuamente y que empaló a innumerables enemigos, parece claro que es cierto. Pero no hemos de caer en la mojigatería, ya que el resto de gobernantes de su entorno, utilizando un arma psicológica tan antigua como el terror, llevaban a cabo unos métodos si no peores que los de Vlad, al menos sí muy parecidos. Ahora bien, ¿dónde está la diferencia? Por supuesto, en las fuentes. La mayoría de las crónicas de la época, o al menos las más cercanas a la vida de Vlad, son húngaras, alemanas u otomanas, y por ende, desfavorables al voivoda valaco, lo que explica la exacerbada crueldad con la que lo caracterizan.

Pero si hemos de dar alguna razón concreta, en lugar de elucubraciones y teorías sobre la personalidad de Vlad, hay que hablar del periodo transcurrido entre 1456 y 1463. En estos siete años, Valaquia no conoció paz digna, ni Vlad ayuda alguna. En septiembre de 1456 llegaba al trono gracias al apoyo de Juan Hunyadi y los sajones de Kronstadt (Brasov), jurando a cambio que defendería a estos de cualquier enemigo, y que los sajones no pagarían impuesto alguno de paso ni venta de mercancías en tierra valaca. A los pocos días del mismo mes, una embajada otomana llegó al castillo de Targoviste exigiendo los tributos correspondientes al nuevo voivoda para el mantenimiento de la paz y a su propio hijo como rehén. Vlad, cuya animadversión contra el turco era considerable, y muy posiblemente albergó un sincero sentimiento de cruzada religiosa, decidió no dejarse avasallar, y pidió tanto a los húngaros de Hunyadi como a los sajones de las siete ciudades hombres para amedrentar a los enviados del sultán en busca del tributo. Nadie apareció. Los enviados del sultán no vieron apoyo de aliado alguno, por lo que tenían la sartén por el mango. Vlad en persona llevaría los requeridos tributos y a su propio hijo como rehén hasta Constantinopla.

Hunyadi_Pátzay_Pécs
Estatua ecuestre de Juan Hunyadi en la ciudad húngara de Pécs

Tras dos años soportando las traiciones de unos y el vasallaje de otros, Vlad cortó de raíz la situación, emprendiendo primero la purga de Valaquia de conspiradores boyardos y de sajones que se habían enriquecido a costa de sus tierras para después no acudir en su apoyo. Después, y tras desbaratar un intento de deponerle en el trono por la rama Danesti, Vlad emprende una sangrienta guerra contra los turcos con la única intención de sacudirse su yugo. Muy probablemente fuera tras la embajada otomana cuando Vlad, consciente de que todos a su alrededor intentaban utilizarlo y nadie iba a prestarle auxilio (excepto albaneses y moldavos), decidiera emprender un camino en solitario, que había de ir aparejado con una política extremadamente ofensiva y unas campañas a sangre y fuego.

Al final, Vlad III Draculea, después de años lidiando con innumerables enemigos, cayó en batalla contra los turcos del sultán Mehmed II, pero no bajo la espada de ningún jenízaro, sino por tropas valacas. Las fuentes aseguran que una partida de irregulares valacos, al ir Vlad ataviado a la manera otomana, lo confundió con un oficial turco y le dieron muerte. Sin embargo es mucho más probable que, en realidad, se tratara de una emboscada ideada por los propios boyardos, cansados del poder y los métodos del voivoda.

Mucho más cabría decir de Vlad III, sin duda uno de los personajes más complejos e interesantes de la Europa oriental del siglo XV, pero para ello nada mejor que recurrir al amplio abanico de monografías académicas que existen al respecto, como la de Matei Cazacu, traducida al inglés en 2008.

Antonio Miguel Jiménez Serrano

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principe vlad
Retrato al óleo anónimo en el Palacio de Ambras, en la ciudad austríaca de Innsbruck

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