La Joya de las Siete Estrellas: a la caza de un Misterio egipcio en el universo de Drácula

Resulta comprensiblemente imposible desvincular la figura de Drácula, germen del vampiro tal y como lo concebimos a día de hoy, de la de su creador, Bram Stoker (1847, Clontarf, Irlanda-1912, Londres, Reino Unido). No es de extrañar, por supuesto, en especial si atendemos a las repercusiones que el personaje de los Cárpatos desencadenaría a lo largo del siglo XX en el imaginario colectivo: todas las noches de pesadilla que cientos de miles de niños han padecido a causa del visionado de cualquiera de las decenas de adaptaciones cinematográficas de la novela de Stoker acreditan a su Monstruo como el Auténtico Rey del Terror.

Desde luego, no cabe duda de que la gran aportación del genio irlandés, lo que ha terminado por encumbrarle hacia el Olimpo de la Literatura Universal, es la concepción del Conde Drácula. Tal ha sido la magnitud de su obra que, como es habitual y lógico que suceda en el mundo de la Literatura y de las Artes, se ha producido el fenómeno de que la grandeza de la creación parece superar a la de su propio creador, lo cual no es algo que deba sorprender, puesto que la naturaleza que nos rige prescribe una existencia mucho más breve a la carne que a los frutos más sabrosos del Arte o de la Ciencia.

No obstante, resultaría una completa injusticia reducir la aportación de Stoker a la Literatura al personaje de Drácula o a la consolidación del mito moderno de la figura del vampiro. Ni siquiera sería justo reducirlo a la magnífica novela que lo hizo célebre, pues el trabajo literario del autor irlandés trasciende al monstruo transilvano.

Bram Stoker dejó tras de sí cerca de sesenta cuentos de muy variada temática y una nada desdeñable lista de novelas, de entre las que destacan, como bien es de suponer, las de género fantástico: The Jewel of Seven Stars (1903), The Lair of the White Worm (1911) y, por supuesto, la espléndida y legítimamente encumbrada Dracula (1897).  Es precisamente una de éstas, la primera de las citadas, sobre la que pretende reflexionar el presente texto.

bram stoker
Bram Stoker (1847-1912). Fotografía de 1903

Publicada en español como La Joya de las Siete Estrellas, la novela se aproxima a uno de los temas de moda de la época (recordemos, los últimos años del XIX y los primeros del XX), la egiptología y sus misterios, desde una perspectiva cercana al ocultismo y orientada hacia el terror sobrenatural, tan acorde a la personalidad e inclinaciones del propio maestro irlandés.

En La Joya de las Siete Estrellas, el abogado londinense Malcolm Ross relata, en primera persona, su experiencia y aventura en la casa del egiptólogo y arqueólogo Abel Trelawny, quien parece hallarse sumido en un largo trance suscitado por fuerzas desconocidas. Conforme avanza la narración, la historia deriva hacia el misterio de una antigua reina de Egipto, la imponente Tera, poseedora de grandes poderes sobrenaturales y estrechamente relacionada, de algún modo difícil de explicar, con la hermosa hija del arqueólogo, la señorita Margaret Trelawny, por quien, por cierto, suspira el joven narrador y en torno a quien parece orbitar buena parte de la trama.

Como buena parte de la obra fantástica de Stoker, La Joya de las Siete Estrellas guarda multitud de similitudes con su trabajo más destacado. Desde la atmósfera claustrofóbica de la habitación del enfermo (imposible no observar el paralelismo existente entre esta situación y aquellas interminables noches de vigilia por la pobre Lucy) hasta la noble concepción e identidad de los personajes que pueblan la historia, muy apropiados en consideración a la naturaleza de su propio creador, el lector puede apreciar a lo largo de las páginas el indiscutible parecido entre esta novela y la que engrandeció al autor irlandés.

 

La sombra de Drácula

De hecho, si prestamos más atención a la construcción de los personajes de La Joya de las Siete Estrellas, podremos vislumbrar el elevado grado de semejanza que manifiestan con los que se enfrentan al clásico Monstruo de Stoker en Drácula. El profesor Trelawny, y en cierta medida su colega Cornell, y sus similitudes en cuanto a su sabiduría respecto al tema sobrenatural con el célebre profesor Abraham Van Helsing; la romántica relación que une al protagonista y narrador, Malcom Ross, con la hija de Trelawny, Margaret, análoga a la de Jonathan (abogado también, por cierto) y Mina Harker; o la del doctor Winchester con su homólogo Seward; o la del intrépido detective Daw con Quincey Morris… son sólo unos pocos ejemplos de los palpables paralelismos entre ambas novelas.

en torno a la momia
Investigadores en torno a una momia en El Cairo, ilustración de 1886

Sin embargo, si hay algo que destaca en la obra de nuestro interés, más allá de sus semejanzas con Drácula (por más que se trate de algo que también comparten, por descontado), es la oscura y lúgubre ambientación que sirve de atmósfera para cada uno de sus escenarios, con la constante presencia, incluso fuera de escena, de la alargada sombra del personaje sobrenatural de La Joya de las Siete Estrellas, la Reina Tera. Una Reina que, no se tarda en descubrir, pretende, de un modo no muy diferente al del que se somete a la criogenización con los mismos fines, resucitar en un tiempo más puro, menos hostil para sus intereses, que en el que le había sido prescrito vivir.

La novela, acorde a su propia esencia y a la ideología cristiana de su autor, plantea en sus mismas páginas interesantes y discurridos debates sobre la repercusión que un hecho como la resurrección podría tener en la sociedad de su tiempo (y en la de cualquiera, en verdad). También, en el mismo capítulo en que esto tiene lugar, el decimosexto, Stoker, en boca del narrador y del profesor Trelawny, reflexiona sobre la posibilidad de la existencia de la magia, el misterio de las sabidurías y conocimientos de aquellos seres humanos que poblaron la Tierra antes que nosotros, la hipotética confrontación a que conduciría la coexistencia de dioses antiguos, como los egipcios, con el Dios cristiano o sobre asuntos más prosaicos y más ligados a la realidad más pragmática, como son la ciencia y su progreso, lo cual no deja de resultar interesante en muchos niveles, si tenemos en cuenta que nos hallamos ante una obra escrita hace más de un siglo.

En definitiva, y más allá de las evidentes analogías que se pueden entrever entre esta obra y la novela de terror más importante jamás narrada, la Joya de las Siete Estrellas constituye una estupenda historia de fantasía, intriga, tensión y misterio, que envuelve al lector en una atmósfera siniestra y claustrofóbica que no le dejará escapar hasta su desasosegante desenlace, sintiendo siempre a sus espaldas la funesta sombra de la reina Tera. Una sombra no demasiado diferente, para qué negarlo, de la del propio Rey del Terror.

Gerardo Serrano

 

P.S. Para quien prefiera buscar un desenlace algo más esperanzador que el que ideó el propio Stoker para su novela, existe, desde la segunda edición de la misma, un final alternativo que propusieron la viuda del maestro y la editorial que poseía sus derechos de autor, quienes, quién sabe si a causa de cierta imposición censora o de un conato de otorgar algo de luz a una historia por lo demás siniestra, decidieron cambiar sustancialmente el que presentaba el original de La Joya de las Siete Estrellas. El lector podrá encontrar una estupenda edición en español que contiene ambos desenlaces, el original y el alternativo, en su versión íntegra, en la publicación de La Joya de las Siete Estrellas de Alianza editorial, en 2016.

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