“Los muertos no mueren”, Jarmusch visita a Romero

Cuando se anunció que la nueva película de Jim Jarmusch sería una comedia zombi llamada Los muertos no mueren, hubo cierto revuelo. Quizá porque los referentes principales en este género, Zombies Party y Bienvenidos a Zombieland, son radicalmente opuestos a la filmografía de Jarmusch, tranquila, poética y con un humor muy diferente, más irónico y sutil. Además, Paterson, la última película del estadounidense, era una historia minimalista, que contaba una semana en la vida de un conductor de autobús aficionado a la poesía. En cualquier caso, tampoco era la primera vez que Jarmusch se atrevía a dar una vuelta de tuerca a otros géneros más estereotipados, como el western (Dead Man) o el cine de vampiros (Solo los amantes sobreviven). Y siempre que lo había hecho, el resultado había sido una obra maestra. Había razones para la esperanza, ya fuera porque alcanzara el nivel de las comedias zombi mencionadas o por mantenerse en su línea de grandes películas.

Los muertos no mueren decepcionará a quien vaya a verla con estas expectativas. Y no porque sea una mala película, ni mucho menos (ninguna de Jarmusch lo es). Pero ni es otra obra maestra de Jarmusch ni es la comedia gamberra que fueron Zombieland o Zombies Party, simplemente porque no pretende serlo. Los muertos no mueren es un divertimento sin más pretensión. Es un capricho que se da Jarmusch, y por eso reúne a todos sus grandes actores fetiche para conformar un reparto colosal, con Bill Murray y Adam Driver al frente, y secundados por una pléyade de leyendas como Steve Buscemi, Danny Glover, Tilda Swinton, Tom Waits o Iggy Pop, y se permite realizar una de sus películas más autorreferenciales y metacinematográficas, plagada de guiños más o menos sutiles a sus propias películas, a la trayectoria de los actores protagonistas o al cine en general.

los muertos no mueren mano
Uno de los carteles publicitarios de la película, en claro homenaje a Romero

Y estos guiños van desde los propios nombres de los personajes (el de Adam Driver, Ronnie Peterson, es un claro homenaje a la anterior película de Jarmusch, también protagonizada por el intérprete de Kylo Ren, que, por cierto, es un papel también homenajeado; el de Tilda Swinton se llama descaradamente Zelda Winston, y el de Bill Murray, Cliff Robertson, como la estrella de Hollywood, ganador de un Oscar y más conocido por interpretar al tío Ben en la trilogía de Spiderman de Sam Raimi) a homenajes directos a las obras de George A. Romero (de quien tendremos que hablar más adelante), como la mano saliendo de la tumba, las manos intentando atravesar una puerta tapada con tablas o el propio Pontiac LeMans, el icónico coche de La noche de los muertos vivientes. Pero lo más interesante de los guiños metacinematográficos de Los muertos no mueren son los que se atreven a romper la cuarta pared, como los gags en los que los personajes son conscientes de estar rodando una película o The Dead Don’t Die, la canción de Sturgill Simpson que da título a la película y suena constantemente. Estos constituyen algunos de los momentos más agudos de la película y ayudan a mantener la atmósfera anticlimática.

Que quede claro. A pesar de lo dicho, Los muertos no mueren es claramente una película de Jim Jarmusch. A pesar de su escasa pretensión y de su aire más “ligero”, está muy lejos de ser una comedia al uso, y la huella de su director está en todas partes, desde la cuidadísima estética hasta ese sentido del humor tan negro y característico. Quizá, aquí Jarmusch intenta llevar al extremo su humor, con una serie de bromas recurrentes que, en algunos casos, no llega a calar. Y eso es una verdadera lástima, porque, al salir del cine, uno se queda con la sensación de que ha habido algunos gags que los espectadores no han sido capaces de entender, que Jarmusch se ha pasado de frenada. De hecho, en ocasiones la película parece parodiar el estilo de su director, con unos silencios exageradamente largos entre los diálogos, respuestas particularmente absurdas, e interpretaciones muy minimalistas, basadas sobre todo en los microgestos (la escena del descubrimiento de los cadáveres en la cafetería es prodigiosa en este sentido).

Y, si hablamos de actores, hay que mencionar por encima de todos a Tilda Swinton, que encarna a la extraña dueña de la funeraria, el personaje más singular de toda la película, con su acento escocés y su mezcla de Beatrix (la protagonista de Kill Bill) y samurái. Swinton, que en general es una actriz colosal, parece dejar lo mejor de sí misma para cuando Jarmusch la necesite. Y la pareja protagonista, los policías interpretados por Bill Murray y Adam Driver, demuestra tener una extraña química en su sosería. Los personajes están diseñados para encajar como un guante en el universo de Jarmusch y, al mismo tiempo, para ser interpretados por ellos dos. Driver, en este papel de extraño bobalicón clarividente, da una muestra más de su enorme talento interpretativo, capaz de dar interpretaciones explosivas (como la de Kylo Ren) y, al mismo tiempo, papeles exageradamente contenidos, como es este agente Peterson. Pero, por desgracia, el personaje de Bill Murray queda un poco desaprovechado. El actor, una de las mayores bestias de la comedia, que inspira risas sólo con ver su cara de circunstancias, ha dado ya a lo largo de su carrera pruebas suficientes de su don como para ser considerado merecidamente una de las grandes leyendas cómicas del cine. Y, sin embargo, en Los muertos no mueren no acaba de explotar todas sus posibilidades.

THE DEAD DON'T DIE
Tilda Swinton encarna el papel más surrealista de toda la película

En Los muertos no mueren, se aprecian claramente dos cosas. Una, que a Jarmusch, gran amante del género fantástico (como demuestra esa maravilla que es Solo los amantes sobreviven), no le gustan demasiado las pelis de zombis. Dos, que, a pesar de lo primero, es un enorme admirador de la obra de George A. Romero, el creador del género y escritor de todas sus reglas supremas. Él fue quien, primero en La noche de los muertos vivientes (1968) y después en una larga serie de películas, entre las que hay que destacar Dawn of the dead (1978, aquí llamada Zombi) dio forma al mito del zombi actual y abrió una era que dura hasta hoy, con la proliferación (sobreexplotada) de películas y series del género, tales como las comedias mencionadas al principio o la serie The Walking Dead.

Eso es lo que más admira y respeta Jarmusch de Romero, su capacidad de crear y dotar de una serie de reglas a un nuevo tipo de monstruo, como hizo Bram Stoker con los vampiros. Lo importante no es sólo saber que existen, sino saber que funcionan según una lógica (más o menos bizarra): por qué surgen, qué pretenden y cómo matarlos. Y esas tres cosas las intenta explicar también Jarmusch en Los muertos no mueren, basándose mucho también en las normas originales de George A. Romero. Los zombis de esta comedia aparecen por una desviación del eje terrestre motivado por el fracking en los polos (aunque deja abierta la posibilidad de un elemento sobrenatural, como ese extraño brillo violeta de la luna), que ha motivado una serie de cambios perturbadores (alteración de las horas de luz, del crecimiento de las plantas…) y ha causado que los muertos se levanten de sus tumbas, comiendo tripas en vez de cerebros. Mueren, como siempre en el caso de los zombis, matando su cabeza (otro autohomenaje: Kill The Head es su productora). Los muertos buscan aquello que les gustaba en vida, lo que da alguno de los mejores momentos de la película: Iggy Pop buscando café desesperadamente, Carol Kane y su chardonnay, los zombis de la calle, móvil en mano buscando wifi…

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Un Iggy Pop zombificado… y obsesionado con el café, otro de los aciertos de Los muertos no mueren

Y el otro gran elemento que tiene en común Los muertos no mueren con el cine de Romero es, precisamente, la crítica social, que desarrolla en escenas como ésta de los móviles y el wifi. No hay más que salir a la calle y ver a la multitud que va mirando su pantalla por la calle (quien esté libre de pecado…) para comprobar lo acertado de este gag. Por supuesto, el motivo medioambiental para el renacer de los muertos es otra crítica, así como la actitud de los políticos negando el desvío del eje. Y aquí, como creo que pasa también con Romero, es donde más flojea la película. La fábula sociopolítica es demasiado explícita y obvia. La lectura que permite el auge de la cultura zombi es mucho más profunda que una lectura puramente actual. Por eso, esta película no envejecerá tan bien como otras con una lectura más metafórica y acertada. El público no necesita que le den tan masticada la crítica como en la escena final de la película, con ese Tom Waits (por otro lado, genial) destripando a la sociedad con su consumismo y su materialismo exacerbado, que ya se entreveía lo suficiente a lo largo de la película (había zombis preocupados por sus coches, además de los de los móviles).

En definitiva, Los muertos no mueren es una muy buena película, que si bien no satisfará plenamente a los puristas, ni de Jarmusch ni de los zombis, pero que tiene un enorme filón entre todos los que transitamos el terreno intermedio. Creo que será la película de Jarmusch que más éxito tenga entre el público general, pero que tendrá muchos detractores, porque ni es una película típica de Jarmusch ni es una de zombis al uso. Pero, más allá de esas consideraciones, demasiado simplistas, Los muertos no mueren es una película técnicamente brillante, con un reparto en estado de gracia y un sentido del humor agudo en la mayor parte del tiempo. Vayan a verla, no se arrepentirán.

Miguel Serrano (@Migserrod92)

 

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