¿Quién querría ser enterrado en un cementerio de mascotas?

Mucho hemos tardado en Super Umbram en abordar el trabajo del maestro del terror más actual. Del que pocos dudan en llamar el Rey del Terror, quizá el autor más prolífico de nuestros días: Stephen King.

Con más de setenta adaptaciones audiovisuales entre el cine y la televisión, el señor King encabeza el podio de escritores vivos con más presencia en nuestras pantallas. Sin ir más lejos, este mismo año 2019 esperamos el estreno de dos grandes superproducciones basadas en obras suyas: el segundo capítulo de It y una nueva versión de Pet Sematary. Esta última, de hecho, no se ha hecho esperar, pues desde el pasado viernes 5 de abril ya es posible disfrutar de una nueva adaptación de Cementerio de animales, basada en la novela de mismo nombre publicada por el Rey en 1983.

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El mismísimo Stephen King como presbítero en la primera adaptación de Pet sematary  (Mary Lambert, 1989)

Por supuesto, en Super Umbram no podemos dejar pasar la oportunidad de dedicar unas pocas líneas al maestro King con motivo de esta ilusionante nueva versión. Reconozco que no entraba en mis planes establecer Pet Sematary como punto de partida en la aproximación de Super Umbram a King, pero, después de una primera lectura de la novela a pocos días del estreno de la película, no me ha parecido una mala elección.

En primera instancia, podríamos tratar de definir qué es Pet Sematary. O, en este caso, qué no es. Pet Sematary no es una novela más dentro del universo y de la narrativa de Stephen King. No es otro thriller más, no se trata simplemente de otra novela terrorífica saturada de giros argumentales, sangre, muerte y horror, pese a que contenga todo esto (al fin y al cabo es de King de quien hablamos). Y no lo es porque, en sus páginas, esconde mucho, mucho más.

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Churchill, el gato de los Creed, en la nueva adaptación de Pet sematary (Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, 2019)

Pet Sematary es una profunda reflexión sobre la muerte y sobre los diferentes modos de comprenderla y asimilarla que existen entre los seres humanos. Hay quien la observa como algo natural, algo que es, ya no sólo posible, sino hasta recomendable explicar a los niños. También hay quien la contempla con temor, y quien trata de no pensar demasiado en ella. Hay quien siente fascinación ante ella, y a quien no le importa lo más mínimo.

En Pet Sematary, King da rienda suelta a sus meditaciones, una vez más, acerca de la psicología infantil, manifestando esas intensas inquietudes que le despiertan sus pequeñas cabecitas y las diversas y extraordinarias perspectivas con que los jóvenes cerebros de los niños perciben cuanto les rodea. En este caso, expresa un especial interés en la manera en que los niños conciben la muerte, tanto las de sus mascotas… como las de sus seres queridos. Y también, por qué no, la de ellos mismos.

Porque son los propios niños quienes conservan, con sus manitas y sus escasos medios, el cementerio de mascotas que se encuentra detrás de la casa de los Creed (esas faltas de ortografía en los carteles y las lápidas los delatan, ¿no es así?). Y un día fueron niños quienes descubrieron y mantuvieron con vida el macabro secreto que se esconde tras el muro de troncos que sella el cementerio de mascotas, el inmenso y terrible poder que allí se oculta.

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Ese viejo cartel que da la bienvenida al cementerio de mascotas… (Pet Sematary, Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, 2019)

Ese viejo cementerio indio concede a quienes poseen el conocimiento de su misterio una siniestra oportunidad: la de salvar (sortear) la muerte. Los niños no han dudado en emplear ese oscuro secreto para posponer la despedida de sus mascotas, por más que fueran siempre conscientes de que a su vuelta a la vida no parecían ser ellas mismas, sino algo maligno. El propio señor Creed, protagonista de Pet Sematary, tampoco lo ha dudado, llegado el momento. Pero… ¿qué sucederá cuando se le pase por la cabeza hacer eso mismo con sus seres queridos? (Amigos, de quien estamos hablando es de Stephen King . No destripamos nada si decimos que el protagonista va a tener que llorar a algún miembro de su familia)

En fin… Ya lo cantaron los Ramones…: “I don’t want to be buried in a pet cemetery”. Y no me extraña, la verdad.

Yo tampoco querría.

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