Conan el cimmerio y Robert E. Howard, o la creación que se hizo más grande que su creador

Hablar de Conan el cimmerio, o Conan de Cimmeria –como él mismo se presenta en muchas ocasiones ante la pléyade de personajes que aparecen en sus aventuras–, es sinónimo de hablar del género literario conocido como espada y brujería. Y, de la misma manera, no se puede hablar del género espada y brujería sin hablar también de Robert E. Howard, uno de los mayores exponentes, además de pionero, del mismo.

Pero, ¿por dónde empezar tan ardua tarea? ¿Cómo explicarlo de forma breve y concisa? Podemos empezar señalando el auge de la temática en que se enmarca Conan: espada y brujería. Si queremos remontarnos a un origen remoto, hemos de decir que se encuentra en el alma humana, pero esa respuesta es tan general que ni siquiera vale como respuesta, y solo hará esbozar una sonrisa irónica en el lector de estas líneas. Lo cierto es que para entender este género hay que remontarse al siglo XIX, y, dentro de este, fijarse en las grandes obras literarias románticas y góticas: el género fantástico volvió a revitalizarse tras el estoico neoclasicismo.

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Robert E. Howard (1934)

Pero este género literario, cuya principal característica es la de “una explicación simple de los fenómenos” –en palabras del gran filósofo y escritor ruso Vladimir Soloviev– cuenta con otro elemento innato que es, sin duda alguna, el alma del género: las infinitas posibilidades que alberga. El género fantástico alumbró toda una serie de subgéneros debido a esa infinitud de posibilidades, como el de la fantasía épica, basada en los grandes compendios mitológicos grecolatinos, nórdicos y orientales que, a su vez, dio origen a otros subgéneros, entre los que se encuentra el de espada y brujería, denominación aportada por el escritor Michael Moorcock en 1961 precisamente para catalogar las historias del protagonista de estas líneas: Robert E. Howard. No olvidemos –salvando las distancias– que en los tiempos en los que escribió Howard, unos jóvenes profesores de Oxford esbozaban lo que resultaron ser meteóricas carreras literarias en el ámbito de la fantasía épica: J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis.

Pero Howard no era ningún profesor de Oxford, ni tenía nada a lo que agarrarse en la vida. Era un escritor de Texas con no pocos problemas psicológicos que no quería ahondar ni en la lingüística, ni en la filosofía, ni en las cosas del alma en general, solo quería escribir historias para entretener al público y ganarse la vida, y de paso huir de una existencia que le amargaba día a día. Su devenir vital influyó de manera determinante en su obra, y no hay más que leer algún extracto de sus relatos de Conan, como el de La reina de la Costa Negra –sin duda uno de sus mejores relatos sobre el cimmerio– para darse cuenta de ello:

“En el culto de mis gentes no hay esperanza aquí ni en el más allá –respondió Conan–. En este mundo los hombres luchan y sufren en vano, y solo encuentran placer en el torbellino enloquecedor de la batalla; una vez muertos, sus almas entran en un reino gris, lleno de nubes y azotado por vientos helados, donde vagan tristes y melancólicas durante toda la eternidad” (Trad. de B. Oberländer para Timun Mas).

Conan, tercer hijo de la máquina de escribir de Howard, aparecía en junio de 1932 en la revista estadounidense de fantasía y terror Weird Tales tras dos personajes que ya habían pisado fuerte en la revista: el puritano inglés dedicado a perseguir demonios, Solomon Kane (agosto de 1928) y el guerrero atlante Kull (agosto de 1929). Los tres contenían características físicas y emocionales similares, si no idénticas, reflejando, a su vez, la propia personalidad de Howard, solitaria y huraña. Pero a diferencia de Solomon Kane y Kull de Atlantis, Conan absorbió por completo al creador: muy pocos conocen a Robert E. Howard, pero casi todos conocen a Conan. Los relatos del saqueador, mercenario y rey cimmerio sobrepasaron todas las expectativas. Y cuando llegó la edad dorada del cómic en los años 70 del pasado siglo, la todopoderosa Marvel se encargó de terminar de inmortalizar al rey de Aquilonia, quien dejó de conocerse como Conan el cimmerio para convertirse (a ojos de los lectores del cómic) en Conan el Bárbaro, de quien se hicieron dos películas en la década de los 80, y otra recientemente en 2011.

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Arnold Schwarzenegger interpretando al cimmerio en Conan el Bárbaro (John Milius, 1982)

Pero ¿quién es realmente Conan el cimmerio? Pues es, ni más ni menos, que un aventurero, un guerrero, un saqueador y un mercenario, que vive por y para la lucha, y su mayor anhelo es dar buena cuenta de sus enemigos con su espada. Su físico es portentoso: alto, fuerte, de pelo negro y ojos azules; su mentalidad es sencilla: luchar hoy para ver amanecer mañana, y, llegado el caso, hacer justicia. La filosofía que entraña el personaje es la de la pureza del salvaje, que no está corrompido por la civilización, donde las normas y el orden se presentan como una máscara que tapa la hipocresía y la falsedad de la sociedad. Ciertamente es otra plasmación en el personaje del pensamiento del propio Howard, muy influenciado por teorías antropológicas hoy desfasadas, pero que en los años 30 tuvieron mucha difusión, sobre el estado natural del hombre en el salvajismo o el barbarismo. Aun así, también hace críticas bien fundadas a la hipocresía civilizada, como en su relato La Torre del Elefante:

“Los hombres civilizados son menos amables que los salvajes porque saben que pueden ser más descorteses sin correr el riesgo de que les partan la cabeza” (Trad. de B. Oberländer para Timun Mas).

Pese a todo esto –la filosofía pesimista del autor y el enaltecimiento del barbarismo– hay que reconocer que los relatos de Conan, siempre breves, atrapan fuertemente al lector. Algunos de sus mejores relatos, como El fénix en la espada (relato en el que apareció por primera vez Conan), La Torre del Elefante o La reina de la Costa Negra son joyas literarias que merece la pena leer. Los relatos están desordenados cronológicamente si se leen por orden de aparición, que fue como los concibió Howard, quien señaló: “Mientras escribía estas historias, siempre me he sentido como si las estuviera poniendo por escrito mientras él me las contaba y no como si las estuviera creando. De ahí la abundancia de saltos temporales y de ahí que no sigan un orden concreto. Un aventurero que relatase al azar las aventuras de su vida” (Trad. de M. Mata para Timun Mas). Y en torno a Conan encontramos todo un mundo, con su historia y su mitología, ideado por Howard, donde las influencias históricas y mitológicas se entrecruzan de tal manera que se crea algo nuevo, si bien es verdad que en muchas ocasiones el lector podrá pensar: “Anda, los estigios son muy parecidos a…”, o “los zamorios recuerdan mucho a los…”, y un largo etc.

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Cuarto volumen de la colección Conan el cimerio (Timun Mas, 2006)

Se puede concluir afirmando que los relatos de Conan harán las delicias de aquellos que disfruten con las buenas historias, aunque los personajes carezcan de mucho fondo y las tramas no tengan un sesudo desarrollo. Los relatos de Conan, pese a la filosofía vital que los nutre, son historias de aventuras, con las que no se puede sino disfrutar leyéndolas. Son una mina inagotable de buen entretenimiento, y que, muy de vez en cuando, pueden incluso enseñar alguna lección.

Como notas prácticas cabe señalar que es incorrecto referirse al Conan de Howard como “Conan el Bárbaro”, como lo hicieron en los cómics y en el cine, pues en los relatos él siempre se presenta a sí mismo como Conan el cimmerio, o Conan de Cimmeria, mientras que son los hiborios (la Edad Hiboria es el tiempo en el que tienen lugar las andanzas de Conan), las gentes civilizadas por así decir, los que se refieren a él, normalmente de manera despectiva, como un bárbaro. Hay que señalar, finalmente, que el Conan de los relatos poco tiene que ver con el de los cómics y mucho menos con el del cine. Que estas líneas sirvan como un alegato en defensa de los relatos de Conan en detrimento de sucedáneos varios.

Antonio Miguel Jiménez Serrano

 

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