La maldición de Hill House, o cuando los peores fantasmas los llevamos dentro

No corren tiempos especialmente buenos para el terror. Las películas o series con que nos bombardean semana tras semana suelen ser producciones fáciles y vacías, abusando del susto e incapaces de dejar un poso en el espectador. Pero, de vez en cuando, se produce el milagro. Y Netflix ha conseguido uno de los grandes. La maldición de Hill House, que llegó sin hacer mucho ruido, pero que, tras su estreno, causó un gran revuelo, se ha convertido en una de las mejores series del año, si no la mejor. Su hábil combinación entre el terror sobrenatural y el drama familiar ha sabido enganchar al público, aterrorizándolo y emocionándolo a partes iguales.

Parecía imposible sacar nada nuevo de un género tan manido y maltratado como es el de las casas encantadas y los fantasmas, pero Mike Flanagan, creador y director de la serie, lo ha conseguido. El material sobre el que partía, no obstante, no era original. La novela homónima de Shirley Jackson (una de las preferidas de Stephen King, quien, en Danza macabra, la señala como una de las mejores historias de terror del siglo XX) ya había sido llevada en dos ocasiones al cine, siempre con el título The Haunting, la última de ellas en 1999, en una película peor que mediocre protagonizada por actores como Liam Neeson o Catherine Zeta-Jones.

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Pero lo que Flanagan hace no tiene nada que ver con una simple adaptación. Toma algunos de los elementos de la novela y, a partir de ellos, crea toda una historia diferente, que habla, evidentemente, de fantasmas y casas malditas, pero también de la importancia de la familia, del perdón, del peso del pasado y la necesidad de cerrar las heridas. Hilando el pasado y el presente con una precisión casi quirúrgica, va construyendo poco a poco una tela de araña que atrapa al espectador y no le suelta. La serie se va cociendo a fuego lento, capítulo a capítulo, construyendo con mucha delicadeza un puzle en el que todo va encajando a su debido tiempo.

La premisa es sencilla: una familia se instala en una mansión para repararla y ponerla después a la venta. Pronto, la casa demostrará tener dos versiones muy distintas. Por la mañana, todo es tranquilo y bonito. Pero, citando a George R. R. Martin, “la noche es oscura y alberga horrores”. Y es mejor no decir más. Para el espectador que no haya visto La maldición de Hill House, lo preferible es que se acerque a ella sin conocer el argumento, dejándose sorprender por la historia, envolviéndose en su atmósfera de terror y emocionándose con la tragedia de la familia Crain. Porque uno entra en Hill House por el terror, y se queda por todo lo demás. Y si no tienen bastante con eso, la serie esconde miles de detalles que podrían aguantar más de diez visionados sin revelarse por completo. Sólo una pequeña pista: presten especial atención a las inquietas (e inquietantes) esculturas de la mansión y a posibles presencias extrañas ocultas en los rincones y las sombras. Todo esto es sólo una pequeña muestra del amor y el cuidado con el que Mike Flanagan ha creado su serie.

Es impresionante la capacidad de Flanagan para desarrollar sus personajes. De los miembros de la familia (los padres Hugh y Olivia, y sus cinco hijos Steven, Shirley, Theo, Luke y Nell), ninguno queda en un segundo plano. Todos son elaborados con cuidado y paciencia, con sus peculiaridades y sus fantasmas personales, todos ellos arrastrados de su relación con la casa. Y a ello contribuye enormemente el altísimo nivel de las interpretaciones, que hacen imposible no empatizar con todos ellos. Especialmente destacable es, en este sentido, la interpretación de los niños, de los que uno se encariña prácticamente desde el principio. Duele verlos sufrir y ver en lo que se convertirán en el futuro, y cuesta separarse de ellos al final de los diez episodios.

Lo más sorprendente de la serie es cómo, por fin, han conseguido crear una obra de terror sin recurrir al susto fácil, al golpe de efecto logrado a base de trampas y sonidos estridentes y explosivos. De hecho, sólo hay un “momento susto”, y es precisamente su carácter aislado el que le da legitimidad y le confiere la fuerza que tiene (el momento, realmente, hiela el alma y desboca el corazón). Pero es que lo que más miedo da de la serie no son los fantasmas de la casa, sino los que cada uno arrastrará a lo largo de su vida. Especialmente dura es la historia de Luke, el pequeño, que tras la dureza de lo vivido se dará a la heroína.

Con La maldición de Hill House, en definitiva, Netflix ha conseguido, gracias a Mike Flanagan, crear una ficción que sabe sacar todo el jugo posible al género de la casa encantada, al que realmente no aporta nada nuevo, sin dejar de lado el aspecto humano de la historia; al contrario, convirtiéndolo en el centro en torno al que todo gira, lo que le da sentido y profundidad, y lo que hará que esta serie sea recordada con el paso del tiempo como una de las producciones más terroríficas y, al mismo tiempo, tiernas y preciosas de la televisión.

 

Miguel Serrano (@Migserrod92)

 

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