Brujas: ayer, hoy… Siempre

—Pues… sí que es ésta una reunión brillante, rey Estéfano —observó Maléfica, tras una espectacular entrada al gran salón real el día del bautizo de la princesa—. La realeza, la nobleza, la plebe… ¡Ja, ja, ja! —rio con sarcasmo—. ¡Qué singular! ¡Hasta la gentuza! Realmente, me sentí apenada al no recibir invitación…

¡Es que no te queríamos aquí!— exclamó Primavera, la más rechoncha de las tres hadas madrinas de la pequeña Aurora.

— ¡Que no me…! —la malvada hechicera suspiró largamente, con lo que simuló devolver el sosiego a su ánimo—. ¡Ah! ¡Oh, Dios! Qué embarazosa situación… Esperaba que todo se debiera a un descuido. Pero, en tal caso, será mejor que me vaya.

La lúgubre Maléfica dio media vuelta, haciendo ademán de abandonar la estancia.

— ¿No…? ¿No os sentís ofendida, excelencia? —preguntó la hermosa reina, asustada.

— ¿Yo? ¿Por qué, vuestra majestad? Y, para demostraros mi buena voluntad, yo también le concederé un don a vuestra hija. ¡Oíd bien, todos vosotros! La princesa sí que crecerá dotada de gracia y belleza. Podrá ser amada por cuantos la conozcan. Pero, al cumplir los dieciséis años, antes de que el sol se ponga, se pinchará el dedo con el huso de una rueca… ¡y morirá!

Estas ominosas palabras forman parte de uno de los primeros momentos de La bella durmiente, la versión cinematográfica del clásico cuento producida por Disney en 1959. La perversa bruja Maléfica es quien las pronuncia, haciendo caer sobre la inocente princesa Aurora una maldición mortal.

malefica

Y éste es tan solo uno de los cientos de conjuros, hechizos o encantamientos que, desde tiempos inmemoriales, la cultura popular ha hecho llegar hasta nuestros oídos. Maléfica no es sino una de las decenas de brujas que podemos recordar simplemente con echar un vistazo atrás en nuestra memoria, remontándonos a nuestra infancia y a todos esos cuentos que hemos escuchado a tiernas edades.

Pero… ¿qué hay detrás de todos esos seres de pesadilla que en forma de espeluznantes mujeres tanto nos traumatizaron cuando niños?

Maléfica, la malvada madrastra de Blancanieves, la antropófaga bruja de Hansel y Gretel, la excéntrica Baba Yaga… son sólo ejemplos de tan terrorífico estereotipo. Formas aisladas de plasmar una realidad mucho más siniestra que la que narran esos cuentos infantiles (no tan inocentes en su origen como nos han sido relatados en nuestras sobreprotegidas infancias).

Porque, no lo dudemos, la figura de la bruja, de la hechicera, de la adivina (y, quizá en menor proporción, la del brujo, chamán o clarividente), siempre ha acompañado al ser humano. Aquellos que, desde que el primero de nuestros antepasados se alzara sobre sus patas traseras y caminara erguido, desde que comenzara a aprehender el mundo que le rodeaba desde una perspectiva diferente y mucho más compleja, descubrieron maneras mucho más sorprendentes de relacionarse con el ambiente que tan hostil les resultaba.

Conocieron con mayor proximidad los efectos de los vegetales que crecían en su entorno, aprendieron a predecir ciertos fenómenos (meteorológicos… o no), hallaron la forma de solucionar los problemas biológicos que el cuerpo humano desarrollaba… En definitiva, seres humanos que manipulaban su hábitat en modos extraordinarios, mucho más asombrosos que el resto de sus congéneres.

Con el paso de los siglos, y de los milenios, sus métodos para la magia fueron sofisticándose, al igual que lo hacía la técnica de que se servía el común de los seres humanos para adaptar el medio a sus necesidades. Y conforme a estas artes arcanas iban adquiriendo formas mucho más especializadas y actualizadas, también lo hacía la leyenda en torno al usuario que las ponía en práctica.

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Linda maestra, Capricho nº 68 de Francisco de Goya (1798)

La leyenda de esas brujas malévolas, devoradoras de niños, rodeadas de sapos y culebras, lanzadoras de encantamientos y maldiciones, conductoras de escobas voladoras… Esos seres tan presentes en los cuentos con que asustar a los niños.

Pero, ¿quiénes son? —¿qué son?—. ¿De dónde (suponemos) proviene el poder que tan diferentes las vuelve del resto? Es cierto que todas las culturas, civilizaciones y sociedades han desarrollado el concepto de la bruja, de la mujer que, desde diversos métodos, técnicas y sortilegios, manipula la realidad para obtener determinados beneficios, tanto para sí mismas como para un tercero; pero en el presente documento focalizaremos nuestra atención en el concepto de la bruja en el mundo occidental.

Según la tradición judeocristiana de que bebe nuestra cultura, la bruja (o el brujo, en una proporción muy inferior) no es sino una mujer que ha entrado en contacto con un ente sobrenatural, de naturaleza espiritual, superior a la nuestra, con quien ha formado un vínculo contractual. A cambio de determinado sacrificio (la renuncia al alma inmortal, la entrega de un hijo, etc.), podrá adquirir el beneficio que tanto ansía: poder mágico, casi divino, conocimiento, salud, riqueza, descendencia… Todo aquello que le haga alcanzar una vida plena.

Por supuesto, si hay algo que nos han enseñado buena parte de estos relatos de pactos demoníacos (¿acaso existe una forma mejor para definirlo?) es que nunca se obtiene lo que se desea. Que siempre es mayor el sacrificio que el beneficio. El diablo siempre gana.

Pero eso a la bruja poco le importa. Ella ansía tanto el poder que le ofrece su amo, que le entrega lo que éste le pide sin mostrar duda ni remordimiento. ¿Para qué quiere ella su alma, acceder a un paraíso prometido una vez llegado el momento de su muerte, si no recibe, aquí y ahora, lo que tantísimo anhela?

He ahí la verdadera naturaleza de estos seres humanos: su apego por la tierra, por la naturaleza, y no por ideales espirituales. No, al menos, los del común de los mortales, en concreto aquellos con creencias religiosas en un más allá feliz con sus familiares y amigos. Ellas prefieren vivir mucho y vivir muy bien antes que vivir poco y sufrir mucho por alcanzar el cielo de que tanto hablan en las iglesias.

 

La noche de las brujas

Mucho se ha dicho acerca de las características que distinguen a una bruja de una mujer corriente. Si bien es cierto que no deja de pertenecer al género humano, no lo es menos que en virtud a esos tratos con el Maligno y sus subalternos son beneficiarias de una serie de favores y ventajas en el mundo terreno… a alto precio.

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El aquelarre, de Francisco de Goya (1797-1798)

Una vez acordado el pacto fáustico entre el adepto y el Diablo, todavía resta un último gesto: la consumación del sacrificio. El sello del contrato, la renuncia a la vieja fe en la que se ha sido bautizado: el bautismo pagano, la iniciación infame, el sacramento negro. Múltiples son las formas en que los estudiosos (medievales, en su inmensa mayoría) han descrito estos profanos rituales, pero la naturaleza de tales tradiciones ostenta descripciones tan agresivas, blasfemas, en muchos casos hirientes de sensibilidades, que precisan de un artículo independiente para su exposición.

En cualquier caso, los favores diabólicos no son gratuitos. Exigen fidelidad y renuncia, sacrificio y un expreso deseo, firmado en sangre, de idolatría, reverencia y anhelo por la maldad.

Una vez confirmado ese bautismo negro, la novicia ya se encuentra en condiciones de ser considerado, por completo, una auténtica bruja. Ha adquirido un poder extraordinario, que habrá de invertir en efectuar el mal, en destruir y dañar, nunca en crear u obrar en pro del bien. Del mismo modo que el sacerdote cristiano recibe el don para bendecir, la bruja (o el brujo) es depositaria de un gran poder… para maldecir.

Eso sí, su culto demoníaco, contrariamente a la imagen proyectada desde los cuentos de hadas (una vieja bruja  aislada y celosa de su propiedad, ajena a lo que sucede en el mundo humano salvo para sus contadas incursiones en busca de niños de que alimentarse…), estos diabólicos seres humanos se congregan en aquelarres (o coven, en lengua sajona), reuniones de brujas en que celebran, homenajean y adoran a su maligno señor.

Se considera que la noche propicia para tan tenebroso propósito no es sino la que tiene lugar esta misma fecha en que se escriben las presentes palabras: la noche del 31 de octubre, popularmente conocida, y promovida desde la cultura norteamericana, como Halloween. La fecha que hoy protagoniza nuestros calendarios, en que aquelarres en todo el globo se regocijan en la alabanza al Maligno, que según las tradiciones celtas más antiguas festeja la figura del Rey de los Muertos, la noche en que las almas de los que ya marcharon conviven con las de aquellos que aún permanecemos aquí.

Esta noche, según las viejas costumbres, miles de brujas alrededor de todo el mundo unen sus voces, sus cuerpos y sus voluntades en la adoración del Príncipe de las Tinieblas, holgándose y refocilando en sus cultos paganos, profanos, blasfemos. Y, siempre atendiendo a las antiguas leyendas, a los cuentos de tradición medieval, se reúnen en lo más recóndito de los bosques, en aquellos claros naturales sobre los que reina la penumbra de la noche, surcando los cielos con sus cuerpos desnudos, cantando y aullando para gloria de su oscuro señor.

Alrededor de esas hogueras de altos fuegos, gritos irreverentes de risas burlescas alzan aterradores sonidos al cielo nocturno, despertando ecos de pesadilla mientras agradecen al Malvado los dones concedidos.

Dones de los que hablaremos en artículos posteriores.

Porque, no lo dudemos, la figura de la bruja sigue, aún a día de hoy, en pleno siglo XXI, muy, muy viva. Y no basta un modesto artículo, en un apartado reducto de la red, para mostrar a la luz todas las oscuras verdades que rodean a semejantes personajes.

Gerardo Serrano

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El Aquelarre, pintura negra de Francisco de Goya (1821-1823)

 

 

 

 

 

 

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