Poe y la marca de Caín

Según el libro del Génesis, la primera pareja de seres humanos que poblaron la faz de la Tierra solamente hubo de concebir a un individuo para engendrar un asesino. Desde entonces, la lista de acciones ideada por los hombres para atentar contra la integridad física o contra la propiedad de sus vecinos y congéneres no ha hecho sino expandirse.

El crimen siempre ha estado presente en la Historia de la Humanidad, y como tal desde siempre ha figurado en la literatura. El asesinato nunca ha dejado de estar a la orden del día, así que Edgar Allan, el Maestro de maestros, no pudo dejar de adentrarse en sus intrincados y malévolos caminos en su narrativa.

Pero, para plasmar tan reprobable asunto desde una perspectiva mucho más completa, Poe no dudó en situar la acción desde dos perspectivas bien distintas: la del investigador que pretende desenmascarar al culpable… y la del propio criminal.

Cuatro son los relatos que tratan la temática del asesinato desde el punto de vista de quien lo perpetra, cuatro de los mejores trabajos del genio bostoniano: El corazón delator, El gato negro, El demonio de la perversidad y El tonel de amontillado. Por supuesto, ya hemos hablado de estas breves obras de arte, por lo que confiamos en que el lector nos dispense si nos desplazamos directamente a la cuestión de nuestro interés, a la auténtica motivación que ha suscitado el presente artículo.

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Detalle de la ilustración para “El gato negro” en Selected Tales of Mystery. Byam Shaw, 1909

Hablamos de la primera de ambas perspectivas a las que antes nos referíamos, a la de aquel que resuelve el problema de la autoría de la fechoría, restableciendo (en la medida en que tales situaciones lo permiten) la justicia contra la que se había atentado previamente.

Porque las aportaciones del autor de El cuervo a la Literatura Universal van más allá del horror de ultratumba y preternatural, más allá de las aventuras en el mar o de la sátira y la parodia político-social. Una de sus más destacables contribuciones a la literatura moderna consistió, de facto, en implantar un género en sí mismo, que no sólo ha sobrevivido hasta nuestros días sino que es de los más recurrentes: el relato policíaco.

Poe aplicó un sistema basado en el razonamiento lógico a la resolución de crímenes, imbuyéndolo en la personalidad de su personaje más conocido, Chevalier Auguste Dupin. Este caballero francés, protagonista de, lamentablemente, tan solo tres cuentos, hace uso del más pragmático de los raciocinios en forma de deducciones que, vertidas sobre los hechos observados, conforman información muy valiosa para el desentramado de los casos más enrevesados.

El señor Dupin emplea un método ya expuesto en otro de los cuentos menos conocidos del genio norteamericano, El hombre de la multitud, en el que el narrador describe el tránsito londinense, examinando con detenimiento el comportamiento, la indumentaria y la forma de caminar de los viandantes, deduciendo de todo esto aspectos de su personalidad y su forma de vida. El Chevalier Dupin, presentado en uno de los cuentos más famosos, Los crímenes de la calle Morgue (Graham’s Lady’s and Gentelman’s Magazine, abril de 1841), comparte esta extraordinaria virtud analítica, que no deja en ningún momento de aplicar sobre su observación.

“Parecía complacerse especialmente en ejercitarla —ya que no en exhibirla— y no vacilaba en confesar el placer que le producía. Se jactaba, con una risita discreta, de que frente a él la mayoría de los hombres tenían como una ventana por la cual podía verse su corazón y estaba pronto a demostrar sus afirmaciones con pruebas tan directas como sorprendentes del íntimo conocimiento que de mí tenía”

Tales son los términos que emplea el propio narrador de Los crímenes de la calle Morgue para introducir esta faceta del investigador construido por Edgar Allan. Cualidad compartida, dicho sea de paso, por el más célebre detective de la literatura, el señor Sherlock Holmes.

Dupin, del mismo modo que el habitante del 221B de Baker Street (o el Hércules Poirot de Agatha Christie, o el detective Colombo, o El mentalista, Patrick Jane, o Jessica Fletcher, de Se ha escrito un crimen), sorprende a sus semejantes por lo preciso de sus deducciones, capaces de inferir valiosas informaciones, personales incluso, a partir de una simple palabra, gesto o detalle del aspecto físico. El narrador de las aventuras de Monsieur Dupin, confeso amigo íntimo del detective (a la manera del doctor Watson como narrador y amigo de Holmes), describe, a modo de ejemplo, uno de estos extraordinarios episodios, en que Dupin parece haberle leído, de su propia mente, una línea completa de pensamiento, y en el que advertimos una buena porción de la pericia narrativa y analítica de Poe.

Los crímenes de la calle Morgue constituye el relato por el que el Chevalier Auguste Dupin resuelve un caso de ejecución aparentemente inexplicable: los macabros y espeluznantes asesinatos de madame L’Espanaye y su hija, mademoiselle Camille L’Espanaye.

 

crimenes calle morgue fotograma
Fotograma del telefilm protagonizado por Val Kilmer, Los crímenes de la calle Morgue (Jeannot Szwarc, 1986)

Ya en este primer relato de Dupin, aparece un concepto bastante frecuentado en las novelas de sir Arthur Conan Doyle: el de la aparente ineficiencia de la policía ante los crímenes más complejos o incomprensibles. Las autoridades, si no del todo incompetentes, sí, al menos, carentes de imaginación, se limitan a cumplir con el protocolo y su metodología establecida, sin tratar de dar respuesta a las incógnitas presentes por otras vías alternativas.

¿Por qué es capaz el detective Dupin de resolver esos casos, y la policía no?, cabe preguntarse. La respuesta no puede ser más simple: porque piensa de un modo diferente. Porque contempla los hechos desde un prisma y una perspectiva que no comparte con aquellos que juraron servir y proteger.

He aquí un ejemplo más gráfico presente en Los crímenes de la calle Morgue. La vía de escape de los agresores constituye todo un misterio, en apariencia insoluble, para las autoridades, mas no para Dupin:

“Vale decir que debemos buscar las salidas en esos dos aposentos. La policía ha levantado los pisos, los techos y la mampostería de las paredes en todas direcciones. Ninguna salida secreta pudo escapar a sus observaciones. Pero como no me fío de sus ojos, miré el lugar con los míos”

Algo similar sucede en la tercera de las historias protagonizadas por el detective francés, La carta robada (The Gift: A Christmas and New Year’s Present for 1845, septiembre de 1844). En este cuento, mucho más breve que Los crímenes de la calle Morgue y, por supuesto, que El misterio de Marie Rogêt (Ladies’ Companion, de noviembre a febrero de 1843), del que hablaremos más abajo, Monsieur Dupin habrá de encargarse él mismo de hallar un documento que ha sido robado de su propietario delante de sus propios ojos, al mostrarse la policía completamente incapaz de ello.

En este tercer relato, entra en juego una nueva “coincidencia” entre la narrativa criminal poeniana y la que procede del puño de sir Doyle: es la propia policía, en la figura del prefecto del cuerpo, quien se aproxima al investigador para solicitar su ayuda. De esta manera, no sólo queda presentado el caso, sino también manifiesta la incompetencia de las autoridades policiales cuando lo que es necesario para resolver el caso es el uso de las facultades que confiere la imaginación.

la carta robada
Ilustración para La carta robada (Fashion Magazine, 1864), de Frédéric Théodore Lix

Sin embargo, no es la policía el único organismo que sale mal parado en la narrativa criminal poeniana. El misterio de Marie Rogêt, la continuación de Los crímenes de la calle Morgue, supone, ya no sólo otro precedente de la novela criminal, sino que una forma muy innovadora de narración. Una vez más, es el amigo de Dupin quien documenta la historia, pero es el propio detective quien describe los hechos como (supuestamente) sucedieron, manifestando los profundos conocimientos científicos y criminológicos del autor estadounidense, en respuesta a la información contenida en los medios de comunicación. Y lo hace a la par que critica y reprende a los periódicos, quienes, al igual que las autoridades, se muestran incompetentes a la hora de establecer inferencias de carácter lógico ante las evidencias halladas.

Según el propio narrador de El misterio de Marie Rogêt, esta segunda aventura de Chevalier Auguste Dupin, inspirada por un asesinato real sin resolver (el de Mary Cecilia Rogers, nótese la palpable semejanza entre ambos nombres), no es sino la relación en tono de ficción de una investigación por parte del mismo Edgar Allan, recabada de los mismos medios de comunicación. Quizá, y sólo quizá, El misterio de Marie Rogêt constituya un intento de Poe por desenmascarar al autor del crimen  de la señorita Rogers.

En cualquier caso, confiamos en que hayan quedado bien claros los paralelismos entre Monsieur Dupin y Sherlock Holmes, y, por extensión, con la figura del detective, tan en boga desde hace siglos en la literatura moderna. Y, del mismo modo, la influencia de Edgar Allan Poe en la narrativa criminal posterior: las magníficas virtudes y habilidades para la deducción de los protagonistas, y su aplicación en la investigación, la independencia del detective respecto de la policía, la incompetencia generalizada entre los cuerpos de seguridad del Estado o, en el caso de la novela de Doyle, incluso la naturaleza del narrador-amigo del protagonista de la historia.

Sí. Sin duda, la similitud es más que evidente. Esperemos que la Historia de la Literatura sepa retribuir a Poe lo que se merece. Que la historia de la novela criminal sepa reconocerle lo que es justo.

Edgar, la poética de la narrativa

Poe, el Maestro de maestros (I)

Poe, el Maestro de maestros (II)

Poe, el Maestro de maestros (III)

Poe, el Maestro de maestros (IV)

 

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Ilustración para El misterio de Marie Rogêt (Henry Vizetelly, 1852)

 

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