Poe, el Maestro de maestros (IV)

Los últimos años de vida de Edgar Allan se caracterizaron por unas inclinaciones intelectuales y existenciales especialmente siniestras. Si bien no deja de ser cierto que la imaginación del Maestro de maestros en ningún momento se alejó de los aspectos más tenebrosos de la naturaleza humana —salvo en aquellos relatos cargados de humor que empleó en ridiculizar diferentes realidades de la sociedad de su tiempo—, el ingenio del autor bostoniano pareció, durante la última etapa de su vida, tornarse bastante más tétrico que de costumbre.

Lo cual no debe constituir motivo de sorpresa, considerando las circunstancias personales por las que hubo de pasar a lo largo de la década de 1840. Porque a las serias dificultades financieras y laborales con las que Poe en ningún momento de su vida dejó de lidiar todavía habría de sumar una tragedia de raíces mucho más naturales que sus constantes problemas económicos: la fatal enfermedad contraída por su esposa.

Sí. La tuberculosis diagnosticada a Virginia en 1842 supuso un duro varapalo a un hombre cuya vida intelectual ya podía considerarse siniestra de por sí. Tras la noticia, y a medida que el avance de la infección conducía a marchas forzadas la juventud de su esposa a un inevitable y funesto fin, los relatos del Maestro fueron evidenciando unas más intensas tendencias hacia lo truculento, lo morboso y todo lo relacionado con la muerte.

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Único retrato existente de Virginia Eliza Clemm. Acuarela de 1847, pintada tras su deceso

Narraciones como El entierro prematuro o La verdad sobre el caso del señor Valdemar son dignos representantes de esta última fase creativa del genio norteamericano, en que el interés por el fin de la vida y lo que pueda hallarse a su término parecían obsesionarle con especial magnitud.

Con esta última entrega de Poe, el Maestro de maestros, completamos nuestro homenaje a la narrativa breve, desde su perspectiva más general, del autor de El gato negro y La caída de la Casa Usher.

 

Un cuento de las Montañas Escabrosas (Godey’s Lady’s Book, abril de 1844)

El primero de sus relatos en manifestar otra de las creencias más populares de su época, de la que, por supuesto, también participaba el bostoniano: el mesmerismo, también conocida como magnetismo animal, o, simplemente, hipnotismo.

Este cuento de las Montañas Escabrosas narra un insólito y onírico paseo a través de un paraje extraordinario, aparentemente inspirado por los efectos de la morfina. Una aventura psicotrópica, psicodélica, de la que, a la conclusión de la narración, se nos brinda una asombrosa explicación.

 

El entierro prematuro (Dollar Newspaper, julio de 1844)

“La verdadera desgracia, el infortunio por esencia, es particular, no difuso. ¡Agradezcamos a Dios misericordioso que los horribles extremos de agonía sean soportados por el hombre solo y nunca por el hombre en masa!”

Tras una extensa (y exhaustiva) introducción relativa a la inhumación intempestiva, en la que el narrador exhibe una serie de casos del fenómeno que le interesa, se nos cuenta la angustiosa experiencia de un hombre enterrado en vida, eso sí, con sorpresa al final. Las imágenes que proyecta este fúnebre cuento son posiblemente, las más grotescas jamás expuestas por el ingenio de Edgar Allan.

 

Revelación mesmérica (Columbian Lady’s and Gentleman’s Magazine, agosto de 1844)

El segundo relato poeniano concerniente al magnetismo animal, del que incluso podemos leer, del mismo puño del autor, una definición: es aquel proceso por el que “el hombre, por el simple ejercicio de su voluntad, puede impresionar a su semejante al punto de sumirlo en un estado anormal cuyas manifestaciones se parecen estrechamente a las de la muerte”.

En Revelación mesmérica, el narrador reproduce al pie de la letra una entrevista/diálogo mantenida con un hipnotizado, con el fin de tratar de demostrar la inmortalidad del alma.

 

La caja oblonga (Godey’s Lady’s Book, septiembre de 1844)

Este relato ofrece nuevas muestras del interés por lo deductivo que caracterizaba al Maestro de maestros. La caja oblonga constituye una nueva historia expuesta en primera persona en la que la misteriosa presencia de una caja de inquietantes dimensiones, así como la figura del excéntrico artista que la posee, inspira una irresistible curiosidad al narrador.

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Ilustración para “El demonio de la perversidad” (Poe’s Tales of Mystery and Imagination). Arthur Rackham, 1935

 

El demonio de la perversidad (Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine, julio de 1845)

Que a nadie confunda lo prolongado de la introducción de este cuento, más en forma de ensayo que de narración. Este (no tan conocido) relato se adentra algo más profunda y detalladamente en algo a que ya se había hecho alusión en El gato negro: el demonio de la perversidad. Esa tendencia, esa inclinación en el ser humano hacia la corrupción moral, hacia el mal por el mal mismo:

“En el sentido que le doy es, en realidad, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos sin objeto comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos, podemos llegar a modificar la proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por la razón de que no deberíamos actuar”

El demonio de la perversidad contiene otro de sus monólogos sobre la ejecución de un acto criminal y su posterior confesión, a la manera de El corazón delator.

 

El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether (Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine, noviembre de 1845)

Quizá el relato más excéntrico del magistral autor norteamericano. Todo un homenaje a la demencia más irrisoria, cuando no directamente ridícula, al mismo tiempo que una feroz crítica al sistema médico de los hospitales psiquiátricos de la época. El episodio de la cena en la institución sanitaria con sus extravagantes comensales no guarda desperdicio alguno.

Una magnífica película protagonizada por Jim Sturgess, Kate Beckinsale y el genial Ben Kingsley, Asylum: El experimento (de título original Stonehearst Asylum, Brad Anderson, 2014), está inspirada en este fabuloso cuento del Maestro de maestros.

 

La verdad sobre el caso del señor Valdemar (American Review, diciembre de 1845)

El tercero de sus relatos cuyo argumento en ningún momento se aleja de la materia mesmérica, sin duda el más representativo de la misma. En La verdad sobre el caso del señor Valdemar, Poe evidencia sus obsesivas preocupaciones sobre la muerte y lo que pueda ocultarse al término de la vida.

El narrador de esta sobrecogedora historia describe, en primera persona, un inquietante episodio sobre la práctica de la hipnosis sobre un moribundo y las extraordinarias consecuencias que tal decisión tiene sobre el paciente.

 

El tonel de amontillado (Godey’s Lady’s Book, noviembre de 1846)

Sorprendente resulta este relato de Edgar Allan, bien diferente del resto. Focalizando su temática y su principal atención en la venganza y su consumación, Poe ejecuta con magistral habilidad una de sus más fascinantes narraciones.

El Maestro de maestros se muestra, desde las primeras oraciones de este cuento, capaz de transmitir con tal eficacia el amplio abanico de emociones y empatías que comparte en El tonel de amontillado, que, en cierta medida, el lector se sentirá como un testigo más en este impactante relato. Sí. Se creerá, incluso, que él también lleva una máscara ocultando su rostro, celebrando el carnaval. Se creerá, él mismo, un cómplice del crimen que está a punto de ser perpetrado.

Edgar, la poética de la narrativa

Poe, el Maestro de maestros (I)

Poe, el Maestro de maestros (II)

Poe, el Maestro de maestros (III)

Poe y la marca de Caín

 

Valdemar-Clarke
Ilustración para La verdad sobre el caso del señor Valdemar, de Harry Clarke en 1916

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