Poe, el Maestro de maestros (II)

Tras los dos primeros artículos dedicados a la figura de Edgar Allan, esperamos que haya quedado claro que el genio norteamericano alcanzó a tratar múltiples temas a lo largo de su extensísima narrativa.  El amor, la muerte, la metempsícosis (o transmigración de las almas), el poder de la naturaleza, las maldiciones, la traición… Por no hablar de la crítica social, la sátira política o la denuncia a las prácticas editoriales (que tanto acusaría en vida el autor bostoniano), de las cuales hablaremos más adelante.

O de sus fundamentales contribuciones a la literatura policíaca o criminal, ya no sólo tras la creación de su detective Dupin (arquetipo del investigador de crímenes posterior, claro antecedente del eminente Sherlock Holmes), sino también merced a su primerizo desarrollo de la metodología de resolución de los casos que la policía se muestra incapaz de concluir. Trataremos con mucho más detenimiento esta faceta de la literatura poeniana más adelante en este mismo espacio.

En cualquier caso, y como no puede ser de otra manera, los relatos que se siguen también participan de esta amplia variedad temática y ambiental que destaca en la obra del Maestro de maestros:

 

Mistificación (American Monthly Magazine, junio de 1837)

Este curioso relato forma parte de la vasta producción poeniana alejado de lo sobrenatural o lo inquietante. Mistificación constituye una crítica, sin abandonar el peculiar estilo característico de la burla social de Edgar A. Poe, de la arcaica, anacrónica (incluso para la época) costumbre de solventar las afrentas mediante un duelo.

El narrador, en primera persona, describe la resolución de una de estas ofensas al honor, orquestada por la retorcida mente del más pesado de los bromistas.

Ligeia-Clarke
Ilustración para Ligeia de Harry Clarke (1919)

Ligeia (American Museum of Science, Literature and the Art, septiembre de 1838)

La narración favorita de Poe; y no es de extrañar. El cuento parece girar en torno a una de las ideas románticas por excelencia: el amor es doloroso. Siempre se acaba perdiendo lo que se ama. Lo cual no deja de ser agónico.

Haciendo alarde, una vez más, de una inmensa habilidad para infundir emociones de espanto, horror y compasión, Edgar A. Poe se muestra capaz de inspirar las mismas sensaciones manifestadas por el narrador en el lector. Desde una ambientación gótica y claustrofóbica, el Maestro bostoniano regresa a su particular concepción de la metempsícosis.

 

La caída de la Casa Usher (Burton’s Gentleman’s Magazine, septiembre de 1839)

“Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza”.

Desde este punto, Poe no abandona las tonalidades oscuras, tétricas, desasosegantes, en todo este fabuloso relato. A medida que el lector se adentra, acompañando al narrador, en la descripción del lugar, también lo hace en una atmósfera opresiva, siniestra y decadente, que no podrá abandonar hasta la conclusión del relato… y puede que, incluso, más tarde.

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Fotograma de La caída de la Casa Usher. Jean Epstein, 1928

Pues la Casa Usher es más que una localización. Es más que una construcción. De hecho, parece no haber distinción entre el hogar patrimonial y la familia que durante tantas generaciones lo ha ocupado. Es una Casa en la que la enfermedad de sus habitantes parece extenderse a sus propios muros y jardines. Al paisaje mismo. Es una herencia que va mucho más allá de la piedra y el terreno.

Junto con Ligeia, La caída de la Casa Usher es el más hermoso de los relatos de Poe. Siniestro, sí. Pero bello, al fin y al cabo.

 

William Wilson (The Gift: A Christmas and New Year’s Present for 1840, septiembre de 1839)

Este excéntrico relato del Maestro norteamericano se adentra en una temática que, sin ambientarse de forma directa en lo sobrenatural, nunca se aleja de lo insólito y lo inquietante. William Wilson focaliza la acción en la figura del Doppelgänger (el gemelo diabólico, o el doble maligno).

El bien y el mal, el doctor Jekyll y Mr. Hyde, el yin y el yang, los dos reversos de la Fuerza… William Wilson reflexiona sobre cómo el mal puede simular (y disimular) su apariencia de bondad, de la misma manera en que el bien puede ser confundido como algo malo. O de la en ocasiones inexorable propensión del bien a incurrir en el mal como consecuencia de un mal consejo… En cualquier caso, en William Wilson siempre sobrevive una duda: ¿quién es en realidad el doble maligno?

 

Un descenso al Maelström (Graham’s Lady’s and Gentelman’s Magazine, mayo de 1841)

Un narrador en tercera persona, interpretado por uno de los dos personajes que mantienen la conversación que constituye el relato, comparte con su interlocutor los aterradores sucesos que conformaron su aventura en el colosal torbellino al que los noruegos bautizaron Maelström.

El autor parece pretender inspirar una reverente sensación de temor en el lector a partir de una de los más impresionantes fenómenos de que es capaz la naturaleza. Un descenso al Maelström es el segundo de los relatos poenianos de ambientación marítima, tras Manuscrito hallado en una botella. Del tercero de ellos, su única novela conclusa,  Narración de Arthur Gordon Pym, hablaremos más adelante.

 

Eleonora (The Gift: A Christmas and New Year’s Present for 1842, septiembre de 1841)

“Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan solo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto”.

Más poema que narración, Eleonora es todo un canto al amor y a la muerte. Una manifestación más de las dos grandes obsesiones humanas que ocupaban la mente del Maestro.

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Fotograma de La caída de la Casa Usher. Roger Corman, 1960

Edgar, la poética de la narrativa

Poe, el Maestro de maestros (I)

Poe, el Maestro de maestros (III)

Poe, el Maestro de maestros (IV)

Poe y la marca de Caín

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