Poe, el Maestro de maestros (I)

El mundo, y no sólo el cultural, suele comportarse de un modo muy injusto con sus personajes más ilustres. Poco importa si de quien hablamos es un científico de cuyo intelecto ha surgido una idea revolucionaria para la Medicina o un arquitecto que ha ideado los planos de un prodigio estructural que sobrevivirá al paso de los siglos. Lo cierto es que son contados los casos en que las figuras que en verdad lo merecen reciben el reconocimiento que les corresponde.

Por supuesto, el de Edgar A. Poe no es uno de ellos. Autor controvertido donde los haya, el bostoniano quedó lejos de disfrutar en vida del éxito que sobrevino a su muerte. El lector podrá aducir que el Maestro falleció a una edad en exceso temprana (cuarenta años) como para poder asegurar que jamás habría podido contemplar con sus propios ojos la excelente acogida con que el gran público abrazaría su obra. Y es posible que tenga razón, lo cual no hace sino alimentar la resignación ante la certeza de la oración que abre el presente texto. No somos justos con nuestros personajes más ilustres. Tendemos a ensalzar a aquellos individuos que no lo merecen —o que, al menos, lo merecen en menor medida—, a la par que menospreciamos a quienes sí son dignos de admiración.

No obstante, el tiempo, como también suele suceder, ha acabado por darle la razón al maestro Poe. El genio norteamericano ha logrado ascender a lo más alto del Olimpo de la Literatura Universal, y allí permanecerá hasta que esta nuestra cultura occidental caiga en el olvido. Sus sesenta y siete relatos breves, sus dos novelas (la segunda de ellas, El diario de Julius Rodman, inconclusa) y sus poemas así lo han terminado haciendo posible.

Desde Super Umbram, queremos dedicar, nuestro particular homenaje al Maestro de maestros a lo largo del presente mes de octubre. Cada uno de los próximos artículos expondrá algunas de sus múltiples narraciones extraordinarias (dejaremos para más adelante sus sátiras y parodias, así como sus relatos policiales) en orden cronológico de publicación, comenzando por este mismo documento.

Aquí comienza nuestro agradecimiento a Edgar A. Poe:

 

Metzengerstein (Saturday Courier, 14 de enero de 1832)

“El horror y la fatalidad han estado al acecho en todas las edades. ¿Para qué, entonces, atribuir una fecha a la historia que he de contar?”. La primera oración, como ya quedó expresado en Edgar, la poética de la narrativa, que redactara Poe en la narración que inaugura su obra en prosa publicada parece toda una declaración de intenciones. O la síntesis perfecta de la globalidad de su narrativa posterior.

En Metzengerstein, Poe relata y describe la malsana rivalidad, incendiada por una arcaica profecía, entre dos poderosas familias feudales hasta su insólita resolución. Una magnífica historia de ambientación gótica que transcurre en un paraje húngaro en una época sin datar, en la que el narrador hace alarde del inmenso, fabuloso sentido poético que domina las letras que construyen este precioso cuento.

metzengerstein
Ilustración de Byam Shaw para Selected Tales of Mystery (Sidgwick & Jackson, 1909)

 

Manuscrito hallado en una botella (Baltimore Saturday Visitor, 19 de octubre de 1833)

La exhibición de este  conocido relato de aventuras marinas supuso la consecución de su primer triunfo en un concurso literario (cincuenta dólares y publicación en el Saturday Visitor). Manuscrito hallado en una botella constituye un fantástico relato de horror en que Poe se transforma en un narrador que relata en primera persona una inquietante, espeluznante y extraordinaria experiencia en el mar.

 

Berenice (The Southern Literary Messenger, marzo de 1835)

“La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos”

Por vez primera, se nos hace partícipes de la percepción que de la mujer tenía el bueno de Poe: un ser hermoso, de apariencia angelical, de superior intelecto y elevada moral… al precio de una salud por desgracia endeble.

El Maestro envuelve su historia en un ambiente claustrofóbico que no hace sino acrecentar lo turbador de los hechos. Expone la enfermedad de dos seres: la catalepsia epiléptica de Berenice y la obsesiva abstracción del propio narrador, Equaeus, que le conduce hasta el más macabro de los desenlaces.

 

Morella (The Southern Literary Messenger, abril de 1835) 

En este relato no deja de observarse la pasión de Poe por el estudio y por la lectura, así como su peculiar, y en todo divergente de la actual, visión de la feminidad, quizá fagocitada por los literatos románticos que tanto influyeran en su obra, en la que la superioridad intelectual de la mujer queda más que patente.

El Maestro de maestros manifiesta en Morella una de sus creencias más presentes en su literatura: la metempsícosis (la reencarnación, la transmigración de las almas de un cuerpo a otro, una vez fallecido el primero de ellos).

 

 

La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall (The Southern Literary Messenger, junio de 1835)

A todos los efectos, este (extenso) relato se aleja, sensiblemente, de lo gótico y lo macabro. No obstante, parece legítimo incluirlo entre los más destacados del genio bostoniano, al reflejar la vasta amplitud poeniana: desde el terror hasta la comicidad, sin dejar de adentrarse en la aventura.

hans pfaall
Ilustración de Yan Dargent para The Unparalleled Adventure of One Hans Pfaall, de la obra de Julio Verne Edgar Poe et ses œuvres (1864)

Venganza, aeronáutica, astronomía, ciencia-ficción, humor… incluso extraterrestres: todo esto hallará el lector del Hans Pfaall en esta curiosa narración. El narrador es el propio señor Pfaall, quien, tras una breve introducción desde una omnisciente perspectiva en tercera persona, describe, y con profusión, en forma de diario de a bordo su aventura y periplo en globo hasta la luna. Según palabras del propio Poe en la nota que cierra el relato, el Hans Pfaall constituye una “superchería”, en tono “de broma”, con la intención de criticar el engaño que Richard Locke ideó, desde una redacción realista, en su Historia de la luna (The New York Sun, 1835).

 

Sombra. Parábola (The Southern Literary Messenger, septiembre de 1835)

“Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras”

En este brevísimo relato, Poe encarna el personaje del griego y por largo tiempo ya difunto Oinos, quien, una vez más desde una perspectiva en primera persona, narra un episodio que transcurre “en una sombría ciudad llamada Ptolemáis”, hace mucho, mucho tiempo. En plena y terrible crisis epidémica, un grupo de siete individuos aguarda la muerte mientras festejan alrededor del cadáver de un amigo. Allí, reciben la visita de un ente escalofriante.

Edgar, la poética de la narrativa

Poe, el Maestro de maestros (II)

Poe, el Maestro de maestros (III)

Poe, el Maestro de maestros (IV)

Poe y la marca de Caín

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