Edgar, la poética de la narrativa

“El horror y la fatalidad han estado al acecho en todas las edades. ¿Para qué, entonces, atribuir una fecha a la historia que he de contar?”.

La primera oración que redactara Edgar A. Poe (Boston, Massachussets, 1809-Baltimore, Maryland, 1849) en la narración que inaugura su obra en prosa (Metzengerstein, publicada en el Saturday Courier en 1832) parece toda una declaración de sus intenciones. O, más bien, una síntesis inmejorable de lo que constituiría su narrativa posterior, la que a la postre supondría su entrada —quizá por la puerta de atrás, aunque entrada al fin y al cabo, y directamente hacia un lugar privilegiado— en el Olimpo de la Literatura Universal, aquella que no entiende de fechas ni de lugares. La que permanecerá viva mientras exista una cultura que la recuerde.

El Maestro bostoniano, a partir de una prosa cargada de profundos y hermosos recursos líricos (no olvidemos que su principal aspiración fue, desde un principio y como él mismo reconoció, la poesía), desarrolló toda una forma propia de comprender y de crear relatos que va mucho más allá de la simple narración de una historia. Para Poe, el cuento es la forma de literatura más próxima a la poesía, y en eso mismo encontró la manera más efectiva de aproximar su producción literaria profesional al verso.

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Porque en todos y cada uno de sus relatos, especialmente los de ambientación más gótica, el lector puede hallar sugerentes y personales pasajes que entroncan más con la lírica que con la narrativa. Dos de los cuentos más representativos de esta hibridación entre ambas formas de literatura son La máscara de la Muerte Roja (Graham’s Magazine, 1842), en la que a través de la descripción de una fiesta de mascarada en plena catástrofe epidémica Poe exhibe una narración sustancialmente poblada de recursos líricos, o La caída de la Casa Usher (Burton’s Gentleman’s Magazine, 1839), donde el genio norteamericano enlaza de majestuosas maneras la grandeza y la decadencia de una familia con el hogar señorial en que guardan su lugar de residencia. O, desde el lado de su producción en verso, el lector recordará su poema El cuervo (New York Evening Mirror, 1845), que narra los sucesos sobrenaturales que parecen rodear a la visita de un pájaro especialmente parlanchín a un amante afligido por la pérdida de su amada (“Nunca más”. “Nunca más”).

No obstante, no toda la extensísima producción narrativa poeniana orbita en torno al relato de horror o de ambientación gótica. Ni mucho menos. Gran parte de sus creaciones en prosa constituyen críticas y burlas a la sociedad de su tiempo y a las publicaciones y costumbres editoriales presentes en la Norteamérica de la primera mitad del XIX, desde un estilo más cercano a la caricatura, la parodia y la sátira. Relatos como Los leones (The Southern Literary Messenger, 1835) o Cómo escribir un artículo a la manera del Blackwood (American Museum of Science, Literature and the Art, 1838) evidencian esta faceta menos conocida del artista de Boston.

Por no hablar de su contribución a uno de los géneros narrativos más acogidos por el gran público: la novela policíaca. Edgar A. Poe dibujó las primeras trazas del investigador de crímenes tal y como lo conocemos hoy. Su detective Dupin, protagonista de tres de sus historias más relevantes (Los crímenes de la calle Morgue, Graham’s Lady’s and Gentelman’s Magazine, 1841; El misterio de Marie Rogêt, Ladies’ Companion, 1842; La carta robada, The Gift: A Christmas and New Year’s Present for 1845, 1844) contiene, en su personalidad y metodología de trabajo, en buena medida los rasgos de comportamiento y las líneas de razonamiento deductivo que, a modo de simple aunque gráfico ejemplo, sir Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859-Crowborough, 1930) imbuiría en la construcción de su mucho más sonado y afamado Sherlock Holmes. La conducta huraña, la posesión de una mente analítica, el empleo de unas facultades cognitivas excepcionales, el carácter flemático o incluso la presencia de un ayudante que actúa a la vez como cronista o narrador de las aventuras del detective son algunas de las cualidades que establecen la intensa conexión entre ambas figuras.

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Edgar Allan Poe Monument, de Moses Jacob Ezekiel, 1915. Universidad de Baltimore

 

Sí. No cabe duda de que la obra literaria de Poe es extensa. Muy extensa. Prolífica tanto en número de obras como en géneros en que se adentra (o, incluso, crea). La narrativa que fue capaz de producir en sus cuarenta años de vida le permitió ascender a lo más alto en el particular universo de la Literatura Universal, aunque jamás en vida le fue concedido conocer que la Historia le había otorgado semejante honor.

Su narrativa es tan amplia, y a su vez tan profunda, que resulta imposible sintetizarla en un único artículo de poco más de ochocientas palabras. Por ello, desde Super Umbram, dedicaremos las próximas semanas a exponer el trabajo de uno de los más grandes genios concebidos en la Humanidad. A exponer, nunca a criticar. Porque a las más grandes figuras de la Historia de la Literatura Universal se las venera. Nunca se las juzga.

Gerardo Serrano

Poe, el Maestro de maestros (I)

Poe, el Maestro de maestros (II)

Poe, el Maestro de maestros (III)

Poe, el Maestro de maestros (IV)

Poe y la marca de Caín

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